Nuestro Señor no quiso dar prescripciones que hubieran servido para remediar la situación de una Palestina subyugada por el imperio romano, pero que no se hubieran adaptado a las circunstancias de toda la humanidad a lo largo de la historia. No hubiera sido el Salvador del mundo si se hubiera dedicado a curar heridas superficiales. Tenía que atacar el mal en sus raíces profundas. Por eso no dedicó su atención y su cuidado a las instituciones, sino a la persona humana. Para salvar la sociedad, se dirigió al individuo.
Nadie como Cristo se indigna ante la injusticia. Nadie ha fustigado el egoísmo de los poderosos con tanta dureza ---y a la vez sin demagogia--- como lo hace Jesús en la parábola del rico y del pobre Lázaro. En cuanto la ocasión se le presenta, sale en defensa de los débiles: el pobre, el niño, la mujer. Pero no se ocupa de formular las leyes que servirán para regularizar la situación de sus defendidos. Deja para sus discípulos la tarea de aportar a las injusticias de su época los remedios adecuados, oportunos, eficaces.
Nuestro Señor se dedica a remover el corazón de los hombres, a liberarles de su egoísmo, a predicar sin descanso el amor fraterno. Ha venido a incendiar la tierra con el fuego del amor y el renunciamiento. Y sobre la base de la caridad y del sacrificio, de los que su muerte nos da un ejemplo supremo, Jesús funda una humanidad nueva.
El Señor salva al mundo actuando sobe el individuo; no modifica las legislaciones: transforma las costumbres. Cuando los fariseos le preguntan cuándo llegará el reino de Dios, contesta: "No viene el reino de Dios ostensiblemente. Ni podrá decirse: Helo aquí o allí, porque el reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc 17, 20-21).
Esta respuesta del Maestro debería calmar nuestra impaciencia. El mundo no se salvará mediante tremendos cataclismos capaces de modificar radicalmente la mentalidad de los pueblos. Cristo llama a sus discípulos uno a uno, y será dentro de cada uno donde se opere la reforma de la humanidad. Quizás muchos siglos serán necesarios para que se opere esta transformación, que probablemente atravesará también etapas de retroceso: es lógico que así suceda, ya que se trata de una acción que compromete la libertad individual.
Georges Chevrot: "El pozo de Sicar", 1972.