Llevan a uno al cine a ver la película "La bola negra". Dura casi tres horas, me dicen. Me resigno. El cine está lleno. Veo a mi alrededor una gran expectación, casi arrobo. Me pregunto si lo que voy a ver es una película perdida de Tarkovsky, hallada repentinamente en el polvoriento desván de una mansión italiana. Lamentablemente, no es así. Lo que uno presencia es un bodrio insufrible de una pretenciosidad que resulta estomagante.
Juan Orellana, en "El Debate" afirma que la película es "una aproximación a la Guerra Civil desde una perspectiva queer". Yo creo más bien lo contrario: es una reivindicación del homosexualismo en la España de los 30 con la Guerra Civil como coartada y el espectro de Federico García Lorca como supuesto polo magnético de todo lo gay. Todo lo cual es legítimo, por cierto. El problema es que uno tiene la sensación, viendo la película, de que los directores se han creído que estaban rodando "Gigante" (George Stevens, 1956); es decir, el equivalente a que Miguel Ríos se crea el Paul McCartney español. (No, Miguel, no has sido, ni eres, ni serás Paul).
La historia de la película es triangular, con tres tramas conectadas que sirven a la tesis central mencionada. Por separado, no pasan de ser tres telenovelas con mucho presupuesto. Sobresalen de entre la mugre las actuaciones de Penélope Cruz y Álvaro Lafuente. En cuanto a los demás actores, he visto a porteros de tanatorio de Corea del Norte más expresivos que Miguel Bernardeau. Y la actuación de Carlos González es tan pobre, tan ridícula, que inspira verdadera lástima.
Por lo demás, la película se hace interminable. Quizás a esta sensación contribuyan la profusión, sin venir a cuento, de planos de relleno inspirados por calendarios homoeróticos de la tienda de todo a cien. El conjunto genera un regusto de profunda falta de autenticidad, de cursilería manida, de falta de grandeza.
Pier Paolo Pasolini, ora pro nobis!