Cada vez estoy más convencido de que vivir bien consiste en prestar atención y cuidar amorosamente todo aquello que lo merece. Por ejemplo, realizar un trabajo con sentido, contemplar las maravillas de la naturaleza, sumergirse en la belleza de la buena música, de la poesía y el arte; convivir y conversar con la familia y los amigos; atender a los necesitados que se cruzan en nuestro camino; y, sobre todo, abrirse a la presencia de Dios, que es el mayor bien.
La buena vida no está en la hipnosis colectiva inducida por el consumo compulsivo de vídeos cortos.