A lo largo de los siglos, la modernidad vomitó muchas divinidades falsas: la nación, el estado, la revolución, la ciencia, el Führer, la momia de Lenin, la riqueza y el principio del placer. En cada caso, la adoración de lo que no era digno de adoración condujo a decadencia personal y decadencia social; en algunos casos, condujo a matanzas masivas. En la posmodernidad, el objeto de la adoración falsa es análogo a la descripción de Ratzinger de lo que estaba sucediendo en el incidente del becerro de oro, porque el mundo posmoderno adora al Yo imperial, autónomo y autoconstituyente, el dios del Yo.
George Weigel: "Santificar el mundo: El legado vital del Concilio Vaticano II", 2024.